En noviembre de 2020, a pesar de haber tomado todas las precauciones, me contagié de COVID por primera vez (nunca lo sabré con certeza, pero lo más probable es que se tratara de un contagio por aerosoles a través de la mascarilla en una tienda de bricolaje o en un supermercado, los únicos sitios a los que acudía en aquella época).
Esta infección cambió mi vida para siempre: unos meses después estaba postrada en cama, totalmente incapacitada y con un dolor constante. Me gasté una pequeña fortuna en todo tipo de tratamientos y, finalmente, tras casi un año, encontré tres que funcionaban en combinación: los suplementos y medicamentos anticoagulantes me sacaron de la cama y me permitieron volver al jardín y al sofá. Los antivirales y los tratamientos intravenosos aliviaron los síntomas y el dolor, y me permitieron caminar distancias cortas y, finalmente, Help Apheresis me devolvió a la vida.
Guardo todo tipo de recuerdos de aquellos días y, por supuesto, de la época posterior, cuando empezamos a construir elCentro de Aféresisparaque la gente tuviera un lugar al que acudir y evitar que les pasara lo mismo que a mí: un sufrimiento interminable, sin ayuda y, para colmo, el estigma y el gaslighting. Pero el mejor recuerdo es que tenía una familia que se preocupaba por mí.
La semana pasada recibí una llamada desgarradora: un joven de unos veinticinco años, entre lágrimas, lleno de miedo a no poder viajar —porque vive con un miedo constante— y a acudir a médicos fuera de su país (donde el sistema sanitario y los médicos no tratan el «COVID prolongado» ni el «síndrome posvacunal»). Así que le prometí que intentaría ayudarle y aliviar un poco su miedo mostrándole lo que podía esperar. Le envié muchas fotos que había tomado en el pasado: el aeropuerto, la clínica, el mar, el casco antiguo y muchas más. También le hice un pequeño recorrido por la clínica a través de una videollamada. Y por último, pero no menos importante, le prometí enviarle un vídeo, no de pacientes —ya había visto muchos de esos en nuestra página web y en Internet—, sino de cuidadores como su madre. Los cuidadores de personas con Covid prolongado y síndrome posvacunal tienen mucho en común, comparten muchas de las mismas experiencias. Ven la enfermedad invisible y ven la ansiedad inducida que sufren sus seres queridos. El resultado espontáneo (cogí mi móvil, se lo di a una señora holandesa que estaba sentada en nuestro vestíbulo y ella nos grabó hablando en inglés y alemán) ya está disponible en nuestra página web:
Este vídeo dispone de subtítulos en inglés; solo tienes que pulsar el botón CC y seleccionar «Inglés».
Gracias a todos los participantes por compartir sus experiencias.


